viernes, 29 de agosto de 2014

El Patrimonio Forestal del Estado (2)



La Organización


          Nada más concluir la guerra, el Patrimonio Forestal del Estado (PFE) comenzó a poner en funcionamiento su complejo engranaje. Tanto la ley de su creación como el reglamento en el que había de ampararse la aplicación de la misma, resultaron ser extensos y proporcionales a la ambición e importancia que el gobierno depositó en la creación de este organismo. El PFE quedó adscrito dentro de la Dirección General de Montes, Caza y Pesca Fluvial del Ministerio de Agricultura.

Aspecto de una de las numerosas repoblaciones forestales acometidas por el PFE. Foto: Archivo Cartagra
            Inicialmente el PFE estuvo regido por un Consejo de Dirección al frente del cual hubo un Director General que necesariamente habría de ser un ingeniero de montes. El resto de personal de los servicios centrales estaba compuesto por un Subdirector, Secretario General, cuatro Jefes de Sección encabezadas también por ingenieros de montes, una sección de asesoría jurídica y otra de contabilidad. En esa primera etapa se crearon seis Jefaturas Regionales aunque años más tarde se verían incrementadas. La primeras seis se repartieron geográficamente del siguiente modo: 1ª) la cuatro provincias gallegas más la de Oviedo; 2ª) País Vasco, Santander, Logroño, Navarra, Soria y Burgos; 3ª) Aragón, Cataluña y Baleares; 4ª) Valencia, Murcia, Castilla la Nueva y Badajoz; 5ª) Andalucía e Islas Canarias; 6ª) Cáceres, Ávila, Segovia, León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia. Entre estas seis jefaturas se repartieron a su vez hasta 23 Brigadas mayormente uniprovinciales salvo las de Logroño-Navarra y la de Ciudad Real-Toledo. Esta nueva estructura territorial debía de coordinarse a su vez con las respectivas organizaciones de otros organismos con competencias forestales de nuestro país como eran los Distritos Forestales, las Divisiones Hidrológico-Forestales, las Confederaciones Hidrográficas, las Diputaciones Provinciales, el Instituto Nacional de Colonización y el Instituto Forestal de Investigaciones y Experiencias. En total, debería coordinarse nada menos que con hasta 90 servicios diferentes. Muestra del empeño que se depositó en este nuevo organismo fue el hecho de que se le dotara por medio de dos leyes, una en 1941 y otra en 1944, con hasta 780 millones de pesetas en créditos. Este importe se iría entregando mediante subvenciones anuales en función de las propuestas de trabajos que resultaran aprobadas. Cabe señalar aquí que en estas cuestiones económicas intervinieron directamente tanto el Ministerio de Agricultura como el de Hacienda.

Composición del organigrama inicial del PFE. Foto: Archivo Cartagra

Labor a desarrollar


           El principal objetivo que se encomendó al PFE desde el mismo momento de su creación fue proceder a la restauración de la cubierta forestal española mediante la realización de cuantas repoblaciones forestales fueran necesarias. Para ello, el primer paso que dio fue la creación de una comisión de técnicos quien debía de estudiar y proponer un Plan General de Repoblación de España. Aquél plan contempló la necesidad de repoblar en España durante los siguientes cien años una cifra nunca antes planteada en nuestro país. Fijó como objetivo repoblar nada menos que 5.678.625 Ha, lo que suponía una labor anual de, redondeando cifras, de 57.000 Ha. Las cifras propuestas resultaron ser contundentes, aún más si las comparamos con las referencias europeas con las que se contaba en esos momentos. En Francia durante el último siglo habían conseguido repoblar en la landas unas 600.000 Ha; en Italia consideraron óptimo el ritmo que habían alcanzado de 7.000 Ha anuales mientras que Dinamarca o Países Bajos ni tan siquiera llegaron a esa cifra; Inglaterra consiguió poner el listón en las 10.000 Ha anuales mientras que para 1919, en Estados Unidos, se propusieron repoblar 710.000 Ha en ochenta años. Visto lo visto, el objetivo que se marcó el PFE cabe calificarlo como de muy ambicioso, máxime si recordamos que España era un país recién salido de una guerra y que debía comenzar esta obra forestal prácticamente desde abajo.

Cuadro resúmen con las repoblaciones efectuadas por el PFE durante sus primeros catorce años de funcionamiento. Foto: Archivo Cartagra
         Para comenzar a cumplir esos objetivos era obligatorio dotar al PFE de una infraestructura mínima. En primer lugar hubo que solventar la disponibilidad de cuestiones tan básicas como conseguir los terrenos sobre los que repoblar, buscar el personal necesario para ejecutar cuantas labores se requirieran, obtener semillas de diferentes especies o crear una red de viveros y sequeros en los que obtener las plantas necesarias para acometer con un mínimo de garantías tan importante volumen de plantaciones previstas.



Herramientas legales


          Llegados a este punto las intenciones teóricas previas estaban más o menos concretadas y previstas. Era el momento pues de comenzar sobre el terreno con una serie de cuestiones prácticas de vital importancia para que todo lo avanzado hasta este momento comenzara a dar resultados. La más importante de todas ellas era la consecución de los terrenos necesarios sobre los que ejecutar las repoblaciones forestales. Esta cuestión quedó resuelta dentro del Reglamento del PFE aprobado el 30 de mayo de 1941. Sus artículos 60 y 61 dejaron bien atada la manera de conseguir esos terrenos. Esta podría ser por compra, mediante la firma de consorcios (1) con los respectivos propietarios de los mismos o en última instancia por expropiación forzosa.
Distribución porcentual de las repoblaciones efectuadas por el PFE durante sus primeros quince años de actividad en las diferentes provincias españolas. Foto: Archivo Cartagra

            Pero además del reglamento anterior, el régimen franquista aprobó entre otras, una ley a la que dotó de nuevas herramientas para conseguir los terrenos necesarios. En diciembre de 1951 aprobó la Ley sobre Repoblación Forestal y Ordenamiento de los Cultivos Agrícolas integrados en los terrenos comprendidos dentro de las cuencas alimentadoras de los embalses de regulación. Su artículo 3 creó la figura de la Zona de Interés Forestal la cual facilitó sobremanera la consecución de esos terrenos. Esto supuso que a partir de ese momento, los propietarios de terrenos incluidos dentro de una de esas zonas declaradas como tal, estaban obligados a hacerse cargo de su repoblación. Si no disponían de recursos para ello se les daba la opción de firmar un consorcio con el PFE. Tenían también la opción de vender esos terrenos al PFE y que fuera este organismo quien se hiciera cargo de la repoblación de los mismos. Si los propietarios no querían firmar el respectivo consorcio o la venta voluntaria, el PFE tenía la total potestad legal para proceder a la expropiación forzosa de los terrenos en cuestión. La legislación vigente en esos momento permitió al PFE declarar infinidad de Zonas y/o Comarcas de Interés Forestal a lo largo y ancho de España. Tal declaración implicó además la consideración de utilidad pública de las fincas afectadas así como la necesidad de su ocupación por el procedimiento de urgencia. Con la entrada en vigor de estas disposiciones que defendían abiertamente los intereses del PFE, la consecución de los terrenos necesarios para repoblar resultó ser una tarea relativamente fácil para este organismo.




Infraestructura forestal


         Una vez solventada la cuestión legal imprescindible en cualquier plan de envergadura, el PFE tuvo que empezar prácticamente desde abajo en la creación de una infraestructura forestal que debía responder a toda una serie de necesidades básicas. Había que crear una completa red de viveros en los que obtener las ingentes cantidades de plantas de diferentes especies que iban a necesitarse. Los viveros existentes en esos momentos eran a todas luces insuficientes además de estar mal ubicados sobre el terreno pues no siempre estaban próximos a las zonas a repoblar. Pero para que estas instalaciones alcanzaran su máximo rendimiento era necesario contar también con una completa red de sequeros en los que obtener las semillas que debían sembrarse posteriormente en los viveros. Evidentemente, para que todas esas instalaciones funcionaran de forma eficiente, era necesario también un buen número de empleados. Además, en la mayoría de los casos hubo que formar e instruir previamente a muchos de esos hombres, e incluso mujeres, sobre la marcha.
Gráfico que recoge la producción de semillas tanto de resinosas como de frondosas que llevó a cabo el PFE. Foto: Archivo Cartagra

            Por lo que se refiere al personal propio del PFE decir que estuvo conformado principalmente por ingenieros de montes, ingenieros técnicos forestales y guardas forestales. Su plantilla se fue completando al mismo tiempo que surgían sobre el terreno las nuevas necesidades. La mano de obra necesaria para las repoblaciones fue proporcionalmente la más numerosa de todas pues fueron muchísimas las cuadrillas que se llegaron a contratar. Sus componentes se buscaron inicialmente en las mismas zonas donde habían de acometerse las repoblaciones. En caso de no encontrarla en número suficiente dentro del ámbito local, el PFE tampoco dudó en traerla de fuera. Hubo muchos casos en los que el propio PFE organizó viajes con uno o varios autobuses para ir a buscar obreros hasta zonas con altos porcentajes de desempleo en esos momentos como Andalucía o Extremadura.


         De todas estas cuestiones hablaré con más detenimiento en posteriores entradas. Mientras tanto, sirvan estos párrafos como una pequeña introducción a las mismas.


Fuentes y Bibliografía:
(1) Consorcio: Fórmula por la que los propietarios cedían temporalmente sus terrenos al PFE para que este procediera a la repoblación de los mismos. Llegado el momento de la corta final del bosque una vez adulto, el reparto de los beneficios se realizaba según el porcentaje acordado en el momento de la firma del consorcio.

- Patrimonio Forestal del Estado, Memoria Resúmen 1940-1949


viernes, 22 de agosto de 2014

Memoria de Papel (7)



Guía de Árboles y Arbustos del Pirineo Aragonés

Interesante apuesta de la Editorial Barrabés
que además cuenta con el reconocimiento 
del los premios Félix de Azara que concede 
la Diputación Provincial de Huesca
Se trata de un libro publicado por la Editorial Barrabés, asentada en Cuarte (Huesca) aunque con claras raíces en la población perinenca de Benasque. Se trata de una editorial especializada en las diferentes facetas y disciplinas de la montaña y el alpinismo. Con muy buen criterio, al menos así me lo parece a mí, en 2004 decidió sacar la guía que ahora nos ocupa. A pesar de alejarse ciertamente de su filosofía inicial, esta editorial apostó igualmente por el género de las guías de naturaleza. Cabe recordar que esta materia está directamente imbricada con el mundo de la montaña. Además, esta editorial lo hizo de la mano de un perfecto conocedor ya no sólo del Pirineo, sino también del mundo forestal y el de la botánica. No en vano, su autor, Rafael Vidaller Tricas, además de haber escrito anteriormente diferentes guías sobre naturaleza, se dedica profesionalmente al ámbito forestal y a la conservación de la naturaleza. Como bien dice el propio autor en la introducción de esta guía, libros de estas características se hacen cada día más precisos. Y esto es así porque es más necesario que nunca mantener ese vínculo vital entre el urbanita de la gran ciudad con la no menos grande y compleja naturaleza. Entretenerse ayudado de una buena guía como es esta, en intentar identificar algunas de las especies de árboles o arbustos de nuestro Pirineo, resultará sin lugar a dudas una excelente manera de afianzar el vínculo referido.

Esta guía incluye una importante colección de fotografías tomadas por el propio autor que, gracias a la calidad y al acertado toque botánico de las mismas, ayudarán sobremanera a todo aquél que se adentre en el apasionante mundo de la identificación de las especies vegetales. Incluye también un imprescindible apartado dedicado a la morfología forestal así como un glosario de términos propios de esta materia que ayudarán en gran medida al lector neófito. Recoge igualmente un breve capítulo dedicado a explicar diferentes aspectos geográficos y físicos de la cadena pirenaica que también servirá para aclarar más de una duda. Del mismo modo incluye un apartado que comprende cuestiones botánicas específicas de esta cordillera. Todas estas cuestiones así como una acertada edición final, conformaron argumentos más que suficientes para que este libro resultara premiado en la convocatoria de Premios de Medio Ambiente Félix de Azara de 2003, auspiciados por la Diputación Provincial de Huesca. 



Plantas medicinales del Pirineo aragonés y demás tierras oscenses

Interesante publicación en la que se mezcla el
conocimiento científico y la medicina popular
Debemos remontarnos nada menos que al año 1987 para encontrar la primera edición del libro que ahora nos ocupa. Y me refiero expresamente al año porque sacar adelante en esa fecha un libro de estas características, bien puede calificarse en gran parte como un acto de fe por parte de sus autores. Debió ser precisamente por eso, por apostar de forma decidida y tan temprana por un libro con este contenido, lo que al cabo de los años ha permitido que el mismo se haya convertido en todo un clásico. Para mi es uno de esos libros imprescindibles en cualquier biblioteca pirenaica pues en él se conjugan a la perfección el conocimiento científico y botánico con el de la medicina y la cultura popular de los pueblos y valles pirenaicos. Entre sus cinco autores consiguieron combinar ambas materias de forma perfecta. Así, tres de ellos son reconocidos botánicos del Instituto Pirenaico de Ecología con sede en Jaca (Huesca): Luis Villar Pérez, Daniel Gómez García y Gabriel Montserrat Martí. Entre los dos restantes se encuentra un farmacéutico, José María Palacín Latorre, y un especialista en medicina natural, Constancio Calvo Eito. La escasez de fotografías a color, propia del momento de su edición, se vio en gran medida compensada con la inclusión de unas espléndidas y clarificadores láminas. Su calidad quedó refrendada por la formación de su autor de las mismas, Marcel Saule, quien además de ser profesor de ciencias naturales, es miembro de la Sociedad Francesa de Botánica y lleva más de veinte años fotografiando y dibujando la flora pirenaica.

El respaldo final para que este libro viera finalmente la luz vino dado tanto por el propio Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca dependiente del Consejo Superior de Investigaciones científicas (CSIC), como por la Diputación Provincial de Huesca. Desde ambas instituciones no dudaron en reconocer tantos años de esfuerzo y dedicación de sus autores los cuales quedan condensados las páginas de este libro. Seguro que la consulta de sus páginas no os defraudará.

viernes, 15 de agosto de 2014

Plan



            Esta vez me voy hasta otro de esos valles pirenaicos donde sus diferentes pueblos ofrecen infinidad de argumentos para rememorar viejos tiempos pasados. Me adentro en la Ball de Chistáu (Valle de Gistaín) y me detengo en uno de sus pueblos. Se trata de Plan, me interno en él y comienzo a recorrer sus intrincadas callejuelas. Rápidamente me doy cuenta de las diferencias entre los elementos constructivos propios de esta área geográfica y los vistos en esta misma sección para pueblos de otros valles pirenaicos más occidentales. Quizás el elemento más diferenciador en este caso sea el de la piedra empleada en los muros de las casas. La regular arenisca propia del flysh pirenaico aquí está ausente y es sustituida por los cantos rodados irregulares de granito principalmente. Los tejados siguen siendo pendientes para evacuar cuanto antes la nieve si bien sus tejados aquí están conformados por la pizarra y no la losa propia de otros valles.
Imagen de una calle de Plan en 1927. Foto: Fritz Krüger

            Tras un rato caminando me planto delante de la fachada de una casa que destaca por su porte robusto a la vez que esbelto. La identifico gracias a la copia de una fotografía antigua que llevo en la mano. Esta fotografía fue realizada por el antropólogo alemán Fritz Krüger en 1927 durante su visita a estos valles pirenaicos. En ella aparece Casa Carlé la cual muestra en su cara orientada al oeste un hastial achaflanado. Al amparo de su vuelo se construyó una larga balconada con una robusta barandilla de madera, ideal para tender la colada y secarla a la serena. En su fachada revocada había abiertos varios huecos en su planta primera. Aparecen dos pequeños ventanucos que apenas permitían la entrada de luz en la casa, pero que al mismo tiempo, evitaban también la pérdida excesiva de calor durante los fríos días invernales. La puerta de entrada a esta casa también presentaba unas dimensiones un tanto exiguas y en su parte inferior contaba con al menos un escalón integrado por debajo del nivel de la calle. Su cabecero de forma semicircular no presentaba aparentemente ningún elemento decorativo. 


           El empedrado de la calle se muestra irregular y está conformado por cantos rodados colocados de forma aleatoria. A pesar de la irregularidad señalada, el perfil del mismo muestra el relieve suficiente para evacuar el agua calle abajo en días de lluvia y evitar así que pudiera entra en el patio de Casa Carlé. Sobre el muro de media altura que parte la calle asoman los extremos de varios fajos de leña colocados allí expresamente para secarse al sol. Es muy probable que posteriormente fueran empleados para encender el fuego del hogar o de la cocinilla económica. Casi a la misma altura aunque a la izquierda del todo de la imagen, la foto nos muestra parcialmente la fachada de Casa Moliné con una morfología muy similar a la descrita para Casa Carlé. Más al fondo y por detrás de la leña observamos un nuevo tejado en disposición transversal que corresponde a Casa Calderón. La ladera de San Mamés, al fondo, deja entrever claramente la acción del hombre. Sobre ella ha roturado pequeñas porciones de terrenos para su cultivo que se muestran delimitadas por muros de piedra y vegetación. Además, se intuye la presencia de hasta dos pequeñas bordas donde se debían guardar animales, la hierba seca que se recogía o las herramientas que se empleaban para dicha tarea.
Principales cambios actuales respecto a la foto original de F. Krüguer. Foto: Archivo Cartagra

           La toma actual presenta a simple vista pocas diferencias significativas. Quizás una de las más evidentes es la presencia de diferentes cables aéreos que distribuyen la electricidad por el resto de casas de Plan. Estos cables también han ocupado su espacio en la propia fachada de Casa Carlé pues la atraviesan con al menos dos trazados diferentes. En la parte inferior destaca también la modificación sufrida en la puerta de entrada actual que es totalmente nueva, más estrecha y desplazada a la izquierda de la fachada. La antigua ha quedado transformada en una ventana baja. Siguiendo la fachada de abajo a arriba, observamos como los siguientes huecos también son nuevos respecto a la foto de Krüger. El balcón original ha desaparecido y se ha convertido en una ventana. Los otros dos ventanucos mantienen una ubicación similar aunque han ganado sustancialmente en sus dimensiones. El hastial achaflanado del tejado se mantiene aunque con ligeras modificaciones las cuales también han afectado a la balconada corrida. Esta integra ahora, además de la puerta de acceso a la misma, dos pequeñas ventanas que deben proporcionar una gran luminosidad a la estancia interior. La cubierta original de pizarra ha sido sustituida por otra de uralita ondulada. Así mismo, su chimenea actual también está conformada por dos tubos de uralita rematados por un acabado metálico.


           El firme de la pendiente calle muestra igualmente ostensibles mejoras pues ahora las piedras son mucho más uniformes. La tapa de la alcantarilla perfectamente integrada sobre el suelo nos muestra también una importante mejora de la salubridad pública de este pueblo antaño impensable. Hasta cuenta la calle con un tramo de acera para acceder a Casa Carlé. Por su parte, el muro de media altura presenta ahora sus piedras rejuntadas y aparece ligeramente más corto para facilitar así el tránsito de vehículos a motor ausentes cuando Krüger realizó la fotografía original. También podemos apreciar claramente el aumento de volumetría sufrido por Casa Moliné, la cual ha perdido definitivamente la balconada de su alzado este. Al contrario de Casa Carlé, en la cubierta de Casa Moliné se ha seguido empleando la pizarra en su cubierta. El tejado transversal del fondo correspondiente a Casa Calderón y también ha sustituido la pizarra original por la teja plana de cerámica.
Aspecto del rincón de Casa Carlé en la actualidad. Foto: Archivo Cartagra

            Para concluir con esta descripción, señalar que la ladera de San Mamés ya muestra signos evidentes de abandono en unas cuantas de las fincas que acoge. Tras la ausencia continuada de la mano del hombre, la vegetación ha vuelto a colonizar las superficies roturadas con tanto esfuerzo y sacrificio. En cambio, todavía se mantienen en pie y con su cubierta intacta las pequeñas y dispersas bordas. El avance de la vegetación también se muestra bien claro en la parte superior de la ladera donde en la actualidad crece un frondoso pinar apenas perceptible en la foto original.



 PD: Mi agradecimiento a la Fototeca de la Diputación Provincial de Huesca por facilitarme el uso de esta fotografía que forma parte de sus fondos.

viernes, 8 de agosto de 2014

El Patrimonio Forestal del Estado (1)



Antecedentes


          Entre todas las entradas de esta sección denominada Memoria Forestal hemos visto los diferentes esfuerzos de sucesivos gobiernos españoles en la toma de medidas encaminadas a la mejora y extensión de la superficie forestal de nuestro país. A modo de recapitulación cabe señalar que en 1863 se aprobó la Ley de Montes y dos años más tarde, en 1865, el Reglamento para su aplicación. Entre ambas disposiciones se sentaron las bases del Servicio Forestal en nuestro país. Este reglamento contempló la creación de los Distritos Forestales en España cuyo ámbito de actuación coincidió en la mayoría de los casos con el de las provincias ya existentes entonces. Pocos años después, en 1877, se aprobó la Ley para la mejora, fomento y repoblación de los montes públicos españoles y un año más tarde su respectivo reglamento.
Guardas Forestales de Biescas a principios del Siglo XX pertenecientes a la 6ª División 
Hidrológico Forestal. Foto: Colección Tomás Ayerbe

          Años después, un R.D. de 7 de junio de 1901 organizó el Servicio Hidrológico Forestal el cual quedó constituido por hasta diez Divisiones Hidrológico-Forestales que cubrieron prácticamente la totalidad de las cuencas hidrográficas peninsulares. Estas acometieron importantes trabajos de corrección hidrológica en las cabeceras de numerosos cauces con un marcado carácter torrencial. Tiempo después aún se volvió a ampliar nuevamente la administración forestal de nuestro país. Esto fue así como consecuencia de la promulgación de un R. D. en marzo de 1926. Gracias a él se crearon en España otras diez Confederaciones Hidrográficas a las que se les dotó de amplias competencias forestales. 

Membrete de la Confederación Hidrográfica del Ebro.
Foto: Archivo Cartagra
          Todo este complejo engranaje forestal trabajó en la medida que sus dotaciones presupuestarias se lo permitieron aunque muchas anualidades resultaron ser tan escasas que apenas pudieron cumplir con los objetivos marcados. Además, siempre lo hicieron de forma individual y al margen de ninguna directriz común que coordinara los trabajos y esfuerzos de todas las partes involucradas en la causa forestal. Aquella falta de coordinación entre Distritos, Divisiones Hidrológicas y Confederaciones Hidrográficas acabó mostrando la ineficacia de gran parte de los planes acometidos. Esta apareció tanto por las limitaciones presupuestarias como por la disparidad de criterios y objetivos a la hora de abordar la restauración de la cubierta forestal en nuestro país.

     
Ingeniero de Montes Joaquín Ximénez
 de Embún (1913-1963)
      Esa situación, gracias al continuo recordatorio de los ingenieros forestales, no pasó desapercibida para los políticos y gobernantes del momento. Con el claro afán de dar respuesta a las grandes necesidades que seguían sin resolver dentro de este ámbito, en 1926 fue aprobado un Plan General de Repoblación Forestal redactado por Joaquín Ximénez de Embún. Parece ser que esta vez se lo habían tomado en serio pues dicho plan fue dotado con nada menos que de 100 millones de pesetas de la época. Esta fue la primera vez en la que se planteó una tarea seria de coordinación entre las diferentes administraciones con competencias en materia forestal. Así, en este documento se contemplaron medidas de coordinación que afectaron a las Confederaciones, las Divisiones Hidrológico-Forestales y los Distritos Forestales. Pero tres años después, cuando apenas se había comenzado con la referida coordinación, el presupuesto aprobado acabó siendo declarado como extinguido en 1929.



Sello de la 6ª División
        Aquél fallido intento, tras la comprensible decepción inicial de todas las partes implicadas, sirvió también para que se forjara una firme conciencia forestal así como un claro convencimiento de aquella necesidad forestal entre los políticos y gobernantes de la sociedad española. Permitió aclarar y entender que las repoblaciones forestales de carácter hidrológico, aun siendo importantes, no eran suficientes por sí solas para resolver el problema de deforestación. Este inconveniente, constatado desde hacía ya muchos años en nuestro país, requería de una política forestal ambiciosa, clara y decidida. Era necesario fomentar y poner en marcha una política repobladora que cubriera tanto las necesidades de conservación y protección de los suelos, como las productoras. Debe recordarse aquí que España por aquél entonces debía importar la mayor parte de la madera que necesitaba y eso chocaba frontalmente con el régimen autartico impuesto en nuestro país.


Portada de una de las numerosas publicaciones 
que abordaron el problema de la erosión en 
nuestro país. Foto: Archivo Cartagra
           Con el objeto principal de cumplir ese doble cometido, en octubre de 1935 se aprobó una ley por la que se creó un nuevo organismo forestal denominado Patrimonio Forestal del Estado (PFE). En esta ley se recuperaron los 100 millones de pesetas de presupuesto que se habían anulado inexplicablemente en 1929. El problema de la restauración forestal de nuestro país era más que serio y su situación queda perfectamente resumida a continuación. De los 24 millones de hectáreas con clara vocación forestal existentes, solamente 7,3 estaban cubiertos por arbolado. Aquí se incluían tanto las superficies que pertenecían a montes de utilidad pública como a montes particulares. 

           El estallido de la Guerra Civil impidió que la misma comenzara a aplicarse en toda su extensión. Nada más concluir dicha contienda, el régimen dictatorial que asumió las riendas del país no pasó por alto aquella paralización. Así, con fecha 26 de agosto de 1939 se aprobó una nueva ley que restableció por completo la ley de octubre de 1935. Esta segunda ley había incorporado alguna modificación respecto a la primera lo que provocó la aparición de algunas disfunciones que resultó necesario corregir cuanto antes. Con tal intención se aprobó la Ley de 10 de marzo de 1941 la cual refundió las dos anteriores y habría de permitir, a partir de ese momento, un funcionamiento mucho más eficiente del Patrimonio Forestal del Estado.