domingo, 30 de agosto de 2015

Memoria de Papel (14)



            La declaración del Parque Nacional de Ordesa en 1918 implicó la puesta en valor de un territorio que contenía un buen conjunto de valores naturales que hasta entonces habían pasado inadvertidos para una gran mayoría. A partir de ese instante surgió de forma progresiva, entre otras, una nueva necesidad para este territorio. Se hacía ineludible dar a conocer aquél valle, aquellos valores naturales y un entorno envidiable para de esa forma atraer visitantes, turistas y montañeros. En esa, para ese momento ardua labor de promoción, se enmarcan las dos publicaciones que muestro en el presente post y que dadas las fechas de su publicación, seguramente serán bien pocos los que las conozcan. Ambas podrían ser calificadas como unas de las primeras guías de este espacio natural protegido. Anterior a estas dos guías tan sólo conozco la Guía del Valle de Ordesa, publicada en 1929 en Madrid por Victoriano Ribera. 

Descripción del Parque Nacional del Valle de Ordesa


              En 1942 los Talleres Editoriales de Zaragoza publicaron una sencilla guía sobre este espacio titulada "Descripción del Parque Nacional de Ordesa".Tras ojear el contenido de sus páginas rápidamente puede concluirse que no estamos ante una guía al uso. Su autor fue Francisco Lordán Penella no describe ningún recorrido sino que ofrece al lector generalidades que versan sobre la geografía de la provincia de Huesca; turismo, alpinismo y excursionismo o parques nacionales entre otras cuestiones. Tan sólo uno de los seis capítulos de este libro está dedicado íntegramente al Parque Nacional de Ordesa en el cual hace una descripción general del mismo aunque sin describir excursiones propiamente dichas.

    Describe el camino de acceso a este paraje, la entrada al parque nacional, la explanada o pradera, el valle de Cotatuero, el valle central del río Arazas, las diferentes cascadas, el camino de Soaso o las posibilidades montañeras de este entorno. Llama poderosamente la atención un capítulo que dedica a la caza y la pesca, en el que llega a describir las infinitas posibilidades que este parque ofrece tanto a pescadores como cazadores. Menos mal que al final de este apartado incluye un párrafo bastante clarificador: "Pero (siempre el maldito pero) por aquí hallaréis tres guardas que os recordarán que no se puede cazar ni pescar, pues en los parques, los peces y la caza sirven para otros menesteres que para servir de sustento o de distracción a los amantes de la escopeta o de la caña de pescar. Aparte de fieles guardadores del Parque, estos empleados son muy atentos y si les consultáis os darán toda clase de detalles acerca de estos territorios ". Es fácil imaginar que la dotación de tan sólo tres guardas forestales para un espacio tan ámplio no garantizaba la salvaguardia de los principales valores naturales que este espacio albergaba. La falta de este personal de vigilancia junto al desinterés de diferentes responsables de este parque a lo largo de los años, ocasionó la desaparición de una especie emblemática de este espacio, el bucardo pirenaico. Paradójico no?...




El Parque Nacional de Ordesa


Sencilla carátula de libro publicado por
 la Comisaría de Parques Nacionales

            Esta publicación surge del propio seno de la Comisaría de Parques Nacionales, adscrita al Ministerio de Agricultura del momento. A su vez quedó enmarcada dentro de la línea de publicaciones que por esas fechas realizaba la Comisión de Sitios y Monumentos Naturales de Interés Nacional, dependiente también del ministerio antes referido. De hecho, el prólogo de este libro corrió a cargo del Vicepresidente de tal comisión, D. Eduardo Hernández-Pacheco. La guía fue escrita en 1935 por Arnaldo de España, un activo montañero de la época miembro de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, con sede en Madrid. Según el propio prologuista se trataba de "... un entusiasta peregrino de las culminaciones orográficas y admirador de las bellezas de las altas cumbres y de los hondos valles de la variada, hermosa y bravía Hispania ". Esta publicación incluyó un mapa escala 1:50.000 del Instituto Geográfico Nacional en el que se representaban las excursiones descritas por su autor en el que según el prologuista se había "...revisado cuidadosamente la toponimia". Merece la pena también destacar el párrafo final de este prologo que decía lo siguiente: "Tal es la génesis de este valle, olímpico por su soberana belleza, en el que muy variados elementos de la naturaleza contribuyen a hacer de este paraje pirenaico uno de los más hermosos, esplénidos y deleitosos no sólo de la Península Hispánica, sino de toda Europa".

          Estamos ante una breve guía de este parque nacional de poco más de un centenar de páginas. A lo largo de su contenido se describen más de una veintena de excursiones que tienen como denominador común los límites de este espacio protegido. Al mismo tiempo y aunque ya fuera del entorno del Parque Nacional de Ordesa, incluye otros recorridos por zonas próximas y de gran interés paisajístico y montañero. Este es el caso de la excursiones descritas a la cima del Biñamala, Bujaruelo o a Panticosa, Piedrafita y Sallent de Gállego. Sus páginas aparecen ligeramente ilustradas con fotografías tanto del propio autor, del prologuista de la obra así como de algún otro fotógrafo del momento.


Notas y Bibliografía

- Mi agradecimiento expreso a José Luis Gavín por poner a mi disposición su estupenda biblioteca personal.









jueves, 20 de agosto de 2015

El proceso de compra-venta de los montes en Huesca (III)

      Llegados a este punto seguro que una rápida recapitulación de los anteriores post nos vendrá muy bien para situarnos en el contexto del momento. Tras superar todas las vicisitudes surgidas entre los propietarios, estos finalmente alcanzaron el quórum suficiente y necesario para poder dar el siguiente paso. Este consistió en presentar al máximo responsable del PFE la pertinente oferta de venta escrita. Además de las firmas de todos ellos, en esa oferta se especificó una cantidad concreta de dinero acordada seguramente en alguna reunión entre todos los particulares. En la mayoría de los casos las cantidades solicitadas inicialmente por los propietarios carecieron de una base ajustada a los valores mercantiles del  momento. Personalmente tengo la sensación que se concretaron en base una referencias poco contrastadas y se tendió a fijar cantidades por exceso con el convencimiento de que siempre habría ocasión para ser rebajadas. Por este motivo la inmensa mayoría de los expedientes que he estudiado demuestran que fueron excepcionales los casos en los que el PFE acabó dando por bueno el precio inicial solicitado por la parte vendedora. Hay de decir en este punto que también se dieron situaciones totalmente opuestas. En el caso del monte Las Torallas y El Vedado, ambos en Cornudella de Baliera (Ribagorza); la Pardina de Fanlo, Sandiás y Secorún (Alto Gállego) o Grustán (Ribagorza), el PFE acabó pagando a sus propietarios más dinero del solicitado inicialmente por ellos. En el resto de casos, salvo varios en los que el PFE igualó el precio solicitado, en todos los demás el PFE acabó pagando finalmente bastante menos de lo que pretendían los propietarios. Hubo casos en los que el precio final pagado por el PFE fue hasta menos de la mitad de lo solicitado inicialmente. Esto sucedió entre otros muchos casos en Bergosa (Jacetania); Ceresuela, Basarán y Berroy (Sobrarbe); Asún y Pardina San Esteban (Alto Gállego) (1).
Mapa donde se muestran las repoblaciones realizadas durante los primeros años de funcionamiento del PFE, desglosados por provincias. Foto: Archivo Cartagra
      Lo cierto es que las valoraciones elaboradas por los ingenieros de montes del PFE resultaron ser bastante exhaustivas y metódicas pues todas siguieron un guión y unas instrucciones idénticas establecidas por los responsables del PFE. En prácticamente todos los expedientes consultados lo primero que hicieron los ingenieros del PFE fue realizar levantamientos topográficos de los montes de interés para saber exactamente por donde discurrían los límites de la finca que querían comprar así como la superficie de la misma. Hubo muchos casos en los que la superficie señalada por los propietarios en su oferta de venta presentó una diferencia importante con la cifra obtenida tras los trabajos topográficos pertinentes. Una vez concluidas aquellas valoraciones cada responsable regional las revisaba individualmente y no faltaron casos en los que por no ajustarse a esas instrucciones previas o bien por incluir errores o carencias, acabaron siendo devueltas a sus autores para que fueran revisadas y corregidas. Ante esta tesitura es fácil imaginar que fueron muy pocos los casos en los que los propietarios se conformaran y admitieran a la primera las cantidades reflejadas en tales documentos oficiales. No faltaron las críticas, sobre todo de aquellos más escépticos, quienes llegaron a decir que por ese precio no merecía la pena vender ni desplazarse a ningún lado a firmar escrituras alguna. Finalmente y a la vista de la posición inamovible del PFE, amparado además como ya ha quedado dicho, en unos sólidos argumentos técnicos así como también en unas disposiciones ventajosas para sus intereses, los propietarios acabaron aceptando las cantidades propuestas por la administración forestal.

      Pero paradojas de la vida, el verdadero problema al que se tuvieron que enfrentar los propietarios acabaría siendo otro bien diferente. Este surgió como consecuencia de la deficiente inscripción en el Registro de la Propiedad de las fincas objeto de compra por parte del PFE. Sucedió que muy pocos propietarios tenían la totalidad de su fincas debidamente registradas lo que permitió que en realidad hubiera más fincas y de superficies mayores de las que constaban en las escrituras de cada propietario.  El objetivo último de estos era reducir al máximo el impuesto de la contribución rústica. Esta situación, que técnicamente se le denomina como exceso de cabida, implicó serios perjuicios para aquellos propietarios que no tuvieron las escrituras actualizadas. Eso suponía que en el momento de firmar la escritura de venta, el PFE sólo les pagaría por las fincas y superficies que aparecieran inscfritas en el Registro de la Propiedad. Para que pudieran cobrar el importe correspondiente a las fincas que no aparecían registradas, según las leyes del momento, deberían transcurrir nada menos que dos años. Ese era el plazo de tiempo establecido legalmente entonces por si aparecía alguna otra persona o entidad que pudiera reclamar la propiedad de esas fincas no escrituradas. Si transcurría ese tiempo sin que nadie presentara reclamación alguna, las fincas que constituían ese exceso de cabida ya podían inscribirse en el Registro de la Propiedad a nombre del nuevo propietario. Esta circunstancia supuso un duro golpe y un serio contratiempo para los planes de los propietarios afectados. Aunque no puede generalizarse, hubo infinidad de situaciones en las que me atrevería a decir que quienes se vieron perjudicados por este imprevisto cobraron a la firma hasta un 40% menos del total que les correspondía. Debo señalar que también hubo algunos casos en los que ese porcentaje fue incluso mayor. La práctica demostró también que esos dos años de espera en muchísimos casos acabaron convirtiéndose en tres o incluso más años. Así pues, muchos cobraron cantidades que habían sido calculadas y fijadas hasta cuatro años atrás. Eso supuso una merma importante en los capitales recibidos pues la pérdida del poder adquisitivo por parte de los vendedores acabó siendo muy significativo. Hubo casos extremos como el de un propietario de Cillas (Alto Gállego) emigrado a Monzón quien tardó en cobrar ese dinero retenido nada menos que siete años.
Carátula de la carpeta que contiene toda la documentación del proceso de compra del pueblo de Cillas perteneciente en ese momento al Ayuntamiento de Cortillas. Foto: Archivo Castagra
      Pero aquél imprevisto llegó incluso a poner en serio peligro la firma de la operación de compra-venta de más de un pueblo. De hecho, más de un expediente quedó temporalmente paralizado y hasta los propietarios en algunos casos se echaron atrás una vez constataron aquella circunstancia que, dicho sea de paso, nadie les llegó a explicar en detalle. Si hubo un lugar donde esta situación fue más reveladora pues estuvo a punto de dar al traste con las adquisiciones ya casi cerradas de varios pueblos, fue en el Valle de la Garcipollera (Jacetania). Al final, aquella situación se saldó con una solución que hasta entonces no se había aplicado en ningún otro expediente de compra anterior. El Art.3 de la Ley sobre Repoblación Forestal y Ordenamiento de los Cultivos Agrícolas integrados en los terrenos comprendidos dentro de las cuencas alimentadoras de los embalses de regulación (LRFOCA) contempló el supuesto de la expropiación forzosa en aquellos casos en los que los propietarios se negaran a repoblar los terrenos por sus propios medios o cuando no accedieran a la venta voluntaria de los terrenos calificados de interés forestal por parte del PFE. La ventaja para los propietarios a los cuales se les expropió forzosamente sus terrenos fue que, al contrario del resto de expedientes de compra en los cuales aparecieron situaciones de exceso de cabida y cuyos propietarios afectados aceptaron la demora de dos años en el pago de las cantidades, en estos casos en cambio el PFE accedió a pagarles íntegramente y de una sola vez la cantidad correspondiente  por el total de los terrenos vendidos. Y cuando digo íntegramente me refiero a que en esos casos también se les pagó por aquellas fincas no contempladas en las escrituras. Esta circunstancia era inherente al procedimiento de expropiación forzosa. De esta forma fue como finalmente adquirió el PFE en el valle antes referido núcleos como Acín, Larrosa, Pardina Iguácel o Villanovilla (1). Esta modalidad de adquisición mediante la fórmula de la expropiación forzosa acabó conformándose en una de las principales críticas que siempre se han realizado a aquella política de adquisiciones aplicada por el PFE. Lo que quizás no saben muchos de esos críticos es que dentro de una situación de imposición como era  la que nos ocupa ahora, esa fue la opción que más benefició y mejor defendió los intereses de los propietarios.


      Pero dejando a un lado la excepcionalidad de los casos en los que se recurrió a la expropiación forzosa, lo habitual fue que la parte vendedora acabara aceptando la valoración realizada por el PFE. Así pues, una vez solventados en primer lugar todos los desacuerdos entre los vecinos, las discrepancias con las ofertas del PFE y hasta el gran imprevisto de la demora teórica de dos años, llegó la hora de realizar el pago. Este se efectuó en el mismo momento de firmar la escritura de compra-venta entre todas las partes, denominada también como Carta de Pago. La manera de proceder llegados a este punto fue prácticamente idéntica para todos los expedientes de compra. El PFE buscaba en una población próxima al lugar donde se encontraba el pueblo comprado un notario que sería el encargado de redactar las correspondientes escrituras. En la provincia de Huesca los notarios más requeridos por el PFE ejercían en las poblaciones de Jaca, Boltaña, Gráus, Benabarre, Barbastro y Huesca básicamente. Una vez supervisados todos los datos personales así como la correcta enumeración de las fincas y los respectivos datos registrales de todos los vendedores, se redactaba la escritura y quedaba lista para su firma. En ella también quedaban recogidas las cantidades totales que correspondían a cada propietario, las que se le pagaban en el momento de la firma y aquellas cuyo pago quedaba demorado por corresponder al exceso de cabida derivado del defecto de inmatriculación (2).
Carátula de la escritura de compra-venta del pueblo de Giral perteneciente al Ayuntamiento de Burgasé. Foto: Archivo Cartagra
      A partir de ese momento el notario fijaba una fecha y una hora para proceder a su firma la cual comunicaba por escrito a todas las partes. Las citaba en la misma localidad donde tenía ubicado su despacho, y a pesar de que siempre se intentaba notificar con antelación suficiente a todos los vendedores, se repitieron bastantes casos en los que los avisos no llegaron a tiempo. Esto supuso que más de un vendedor no acudiera puntualmente a la cita para la firma. Si faltaba más de uno de ellos se llegó incluso a suspender dicho acto y se convocó posteriormente de nuevo a todas las partes. También hubo algún caso extremo en el que varios vendedores se arrepintieron a última hora por el motivo que fuera y decidieron no acudir a la firma de la escritura pensando que así conseguirían paralizar todo aquél procedimiento. Finalmente aquellos vendedores acabarían firmando igualmente la escritura en cuestión. En este mismo acto y tras estampar la pertinente firma tanto el amo de la casa como su esposa, era cuando se procedía al pago de las cantidades acordadas.

      Por último, cabe señalar que la presencia en este acto de la esposa del propietario de la hacienda vendida tenía carácter obligatorio. La inclusión de su firma en este expediente de venta y en las escrituras era imprescindible pues con ella los responsables del PFE querían garantizarse la no aplicación de la cláusula del derecho de viudedad expectante contemplada en el derecho foral aragonés. Es decir, en caso de fallecimiento del titular de la hacienda que se vendía al PFE, la viuda del mismo renunciaba a cualquier tipo de derecho sobre las propiedades en cuestión.




Fuentes y Bibliografía:

- (1): Trabajo en preparación.

- (2): Archivo Fondo Documental del Monte; Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente,          Madrid.
 

lunes, 3 de agosto de 2015

Memoria de Papel (13)



          En un anterior post me refería a varias guías aparecidas en los años 60-70 a las que califiqué como antecesoras de las abundantísimas guías que actualmente copan esta sección en cualquier librería que visitemos. Pues bien, en la presente entrada incluyo otras dos publicaciones que bien pueden calificarse también como precursoras dentro de este género pues fueron publicadas antes que las incluidas en el post antes referido.


Turismo Altoaragonés

Portada del primero de los volúmenes de esta
 colección. Foto: Archivo Cartagra

           Esta publicación apareció a mediados de 1969 y lo hizo de la mano del periódico Heraldo de Aragón. Esta escrita por José Cardús Llanas quien durante muchos años trabajó como ginecólogo en la Beneficencia Provincial de Huesca. Este hombre venía publicando desde hacía un tiempo y con periodicidad semanal en el Heraldo de Aragón. Se trataba de una crónica sobre viajes que aparecía incluida dentro de una sección denominada "Turismo Altoaragonés". 


              Llevaba escribiendo en tal sección cerca de seis años y durante ese tiempo se había hecho eco de más de 160 reseñas distintas en las que se incluyeron pueblos, iglesias, monasterios, casas nobles, pantanos, lagos, valles, etc. Pero antes de comenzar a escribir en el Heraldo, el Dr. Cardús ya había estado escribiendo también otros diez años reseñas similares para otro periódico provincial, El Cruzado Aragonés. El ámbito de todas esas reseñas se limitó durante esos dieciséis años única y exclusivamente a la provincia de Huesca y según los cálculos de quien prologó el libro que ahora nos ocupa, había realizado más de doscientos mil kilómetros por la geografía oscense.


              El volumen que ahora me ocupa incluyó nada menos que 54 reseñas a lo largo de sus 226 páginas, las cuales se repartían de forma aleatoria entre las distintas comarcas altoaragonesas. Casi todas incluían alguna fotografía tomada por el propio doctor cosa no muy habitual del todo en las publicaciones del momento. A esta publicación inicial le siguieron otras más en las que quedaron recopiladas las innumerables reseñas escritas por reste hombre. Según he podido saber, fueron al menos once volúmenes los que Heraldo de Aragón publicó entre 1966 y 1979.



El Alto Aragón Monumental y Pintoresco
Portada del ejemplar en cuestión

              Estamos ante un libro publicado por la Librería General de Huesca la cual estuvo ubicada en el Coso Bajo nº 4 de la capital oscense. Vió la luz nada menos que en 1913 y fue escrito por dos ilustres oscenses. Por un lado Ricardo del Arco, Cronista de Huesca y miembro de la Real Academia de Historia. Por otro, Luciano Labastida, miembro de la Sociedad Turismo del Alto Aragón. Esta publicación contó además con el prólogo de Luis López Allué quien vino a señalar, entre otras cosas, que este libro era más que necesario pues apenas habían sido difundidos los valores turísticos de la provincia oscense. Y además añadió que no había mejor forma de hacerlo que de la mano de esos por aquél entonces jóvenes e intrépidos oscenses.


              En su escasas 85 páginas se incluyeron apenas una docena de artículos que nos hablan de los valores y los argumentos turísticos de Huesca, Jaca, el castillo de Loarre o el de Alquézar, San Juan de la Peña, San Miguel de Foces, San Martín de la Val d'Onsera o el Monasterio de Sigena. Las mayoría de estas reseñas incluyen alguna fotografía cuyos autores principales son Lucien Briet, Sopena, García Ciprés, M. Supervía, La Moderna o Viñuales.



Notas y Bibliografía:

- Mi agradecimiento expreso a José Luis Gavín por poner a mi disposición su estupenda biblioteca personal.